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El jerezano Juan José Padilla forma parte ya de ese grueso de toreros presente en la mayoría de las ferias. Quizá su nombre no aparezca en los carteles que él quisiera, pero también es cierto que nunca habría podido imaginar, como él mismo reconoce, que estaría presente en las ferias de categoría.
Se ha abierto un hueco a costa de "tragar", como se dice en el argot, a costa de matar las llamadas ganaderías "duras". Pero no sólo las mata: también las torea y corta orejas, electrizando cada tarde los tendidos de las plazas. Tiene muy claro que para ser alguien hay que darlo todo cada tarde y es lo que hace. Ahora, con las ganaderías duras. En el futuro, Dios dirá.
Su cuerpo es testigo de las muchas cornadas que lleva recibidas. No en vano, es raro el día en que Padilla no visita la enfermería; tales son los revolcones, golpes y, a veces, las cornadas. Pero lo tiene más que asumido: no hay más que ver la cara de resignación del
torero; a pesar de la sonrisa, que intenta disimular; cuando se dirige, en cada toro, a la puerta de chiqueros. Para empezar a calentar aquello. Su carrera está en juego. Y lo sabe.
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